«La cultura pertenece a las clases altas. Cuesta atraer a la cultura a las familias con niveles de educación más bajos»

Françoise Benhamou, profesora de Economía en la Universidad de París-13 y especialista en el campo de la economía de la cultura

Françoise Benhamou es economista, profesora universitaria de ciencias sociales y económicas y columnista en varios medios franceses. Colabora con múltiples organizaciones públicas y privadas relacionadas con la economía y la cultura, entre otras, la Junta Directiva del Museo del Louvre y la Autoridad Reguladora de Comunicaciones y Publicaciones Electrónicas  de Francia. Fue asesora del ministro de Cultura francés Jack Lang y ha publicado varios libros sobre su principal ámbito de investigación: la economía de la cultura.


¿Cómo ha contribuido la irrupción de las nuevas tecnologías a redefinir las nociones que teníamos sobre la democratización de la cultura y la diversidad cultural?

Uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos es tratar de entender cómo ha cambiado el consumo cultural con la irrupción de las nuevas tecnologías. En Francia hemos invertido muchísimo dinero en el desarrollo de programas enfocados a captar nuevas audiencias en el ámbito de la cultura.  

Pero al analizar las estadísticas hemos tenido una gran decepción. Si bien es cierto que el consumo cultural es muy amplio, al observar los datos al detalle nos damos cuenta de que el perfil de los usuarios no es muy diverso. Por ejemplo, la mayor parte del público tiene títulos universitarios, y aunque no es necesariamente gente rica, sí que pertenece de una manera muy mayoritaria a las clases medias y altas.


¿Es complicado cambiar esta tendencia?

Es muy difícil. Desde hace seis años soy miembro de la Junta Directiva del Museo del Louvre, el más importante del mundo. Recibimos entre 8 y 9 millones de visitantes al año, pero si dejamos aparte las visitas escolares, el público es muy homogéneo.  

Así que nos preguntamos: ¿cómo pueden ayudarnos las nuevas tecnologías a afrontar este reto? Mi respuesta es que pueden contribuir a solucionar una parte del problema, aunque no del todo.


Recientemente, el Louvre abrió sus puertas para la grabación de un videoclip de Beyoncé y Jaz-Z. ¿Es un ejemplo del tipo de propuestas que pueden ayudar a ampliar y diversificar el acceso a la cultura?

Exactamente. Más de 7 millones de personas vieron el vídeo durante las primeras 24 horas de su publicación en YouTube. Actualmente ya tiene más de 100 millones de visualizaciones. La gran mayoría de este público es gente que nunca vendrá al Louvre, pero a través de ese vídeo han podido visitar, aunque sea virtualmente, una parte del museo. Mucha gente ha visto por primera vez obras maestras como la Victoria de Samotracia, La Gioconda, de Leonardo da Vinci, o Las bodas de Caná, de Veronese, además de conocer las majestuosas escaleras del Louvre o la famosa pirámide proyectada por el arquitecto I.M. Pei.

Posteriormente, tuvimos la idea de organizar una visita guiada al museo que recorre las 17 obras que aparecen en el videoclip. Funciona muy bien y atrae a nuevos públicos. Es evidente que estos experimentos no solucionan todo el problema, pero cambian algo las cosas.


¿Cree, entonces, que el uso de las nuevas tecnologías puede servir para acercar la cultura a las nuevas generaciones?

Sin duda. Es muy interesante usar las nuevas tecnologías para ensanchar la audiencia cultural. Hay que aprender a utilizar los videojuegos o las tabletas de una manera eficaz y educativa. Es necesario que la gente sienta la cultura más cercana y accesible.

Por ejemplo, usando videojuegos en las visitas escolares a los museos, o dando la opción de hacer la visita con una tableta para explorar la información sobre el contenido cultural que visitemos. Es muy importante transmitir el mensaje de que la cultura no es para las élites, sino para todo el mundo.


¿Qué iniciativas se han tomado en Francia desde el sector público o el privado para atraer nuevas audiencias para el arte y la cultura?

Se han establecido tarifas económicas para museos y espectáculos, horarios de apertura más amplios o días del patrimonio cultural.

De la aplicación que se ha hecho hasta ahora, sacaría tres conclusiones: la primera es que si ya es difícil atraer a familias con niveles de educación bajos y poco acostumbradas por su entorno familiar a visitar lugares culturales, aún es más difícil conseguir que vuelvan: el gran desafío es convertir al visitante primerizo en un usuario fiel.

La segunda es que el precio desempeña solo un papel marginal: los museos gratuitos no han servido para cambiar el perfil de los visitantes.

Y la tercera conclusión es que  las iniciativas que llevan a cabo las escuelas son cruciales. No me refiero solo a las visitas escolares, sino al hecho de introducir el aprendizaje de las artes a través de la participación de artistas o escritores en las actividades escolares.

¿Qué tipo de proyectos culturales han tenido éxito y qué conclusiones podemos sacar de las iniciativas que no han cuajado?

La mayor dificultad para promover estas políticas es el coste. Los presupuestos destinados a ampliar el número de visitantes a los teatros, museos o monumentos históricos se nutren principalmente de subvenciones estatales o locales, que suelen sufrir recortes.

Algunas regiones y ciudades ofrecen «cheques de cultura» que permiten que los jóvenes accedan a los bienes culturales. El Gobierno francés prepara el lanzamiento de un pase cultural de 500 euros para los que cumplan 18 años. A través de una aplicación del smartphone, podrán acceder a museos, monumentos históricos, espectáculos, conciertos y cine, además de comprar libros y música. Es un modelo que ya han probado en Italia, pero es muy controvertido debido a su baja eficiencia.

Aquí también es un proyecto muy cuestionado debido a su coste (500 millones de euros), por los efectos inesperados que puede tener (los jóvenes predispuestos a pagar se beneficiarían gratis) y por las dudas sobre su eficacia en relación con la democratización de la cultura: muchos creen que solo se aprovecharán los jóvenes ya interesados por la cultura.

«Las plataformas de música 'online' deben pagar por toda la cadena de valor que está detrás de la creación artística»

Usted ha escrito que con la llegada de internet consumimos cultura de una manera más individualizada. ¿Esto es positivo, negativo o simplemente es un signo de los tiempos y debemos adaptarnos?

El filósofo Bernard Stiegler dice que con internet tenemos a la vez el veneno y la medicina. Y con el consumo cultural pasa lo mismo. Gracias a las nuevas tecnologías, por ejemplo, la gente ve películas desde el ordenador. No es la misma experiencia de socialización que ir a una sala de cine, por no mencionar el problema de la piratería… Pero al mismo tiempo abre nuevos caminos para la cultura. Son experiencias complementarias.

Internet no es un sustitutivo de la experiencia física de consumir cultura, pero es un nuevo camino para conocer obras de arte, monumentos o incluso libros.


¿Y qué supone para los artistas? Con las nuevas tecnologías, los creadores de arte han encontrado no solo una nueva manera de expresarse, sino también un canal de alcance ilimitado para distribuir su obra.

 En parte sí, aunque es una cuestión ambivalente. Por un lado, el artista puede mostrar su trabajo a una audiencia muy amplia, pero solo teóricamente, porque en internet hay millones de páginas, y el hecho de que publique un trabajo no significa necesariamente que alguien lo vea. Siguen siendo los intermediarios quienes dirigen a la audiencia hacia la obra de arte.

En el caso de la música, las plataformas online de autoproducción sirven para que los sellos discográficos descubran quién innova, quién propone nuevos sonidos y nuevas tendencias.

Pero por otro lado está la cuestión de las remuneraciones de los artistas. Y aquí está la ambivalencia. Internet generó un gran descalabro en la industria de la música. Supuso la pérdida de la mitad de sus ingresos. Ahora, con el streaming, la gente vuelve a comprar música. Pero con los modelos de negocio como Spotify, el artista gana muy poco dinero. A pesar de que cada vez más gente escucha música, el artista no puede vivir de ella… y este es un problema muy grave.


¿Cómo cree usted que el sector público puede ayudar a encontrar soluciones al problema de hacer que la cultura sea sostenible económicamente para los artistas?

En el caso de la música, la cuestión es que plataformas como Spotify, Deezer, Apple Music, etc. pertenecen a compañías privadas. Así que yo diría que donde hay que trabajar es en la regulación de estos modelos de negocio. Las políticas públicas deben promover un acuerdo entre los artistas y estas compañías.

La clave es que estas plataformas paguen por toda la cadena de valor que está detrás de la creación artística, desde el creador hasta el sello discográfico; y, en segundo lugar, por supuesto, hay que seguir luchando contra la piratería.


Cuando usted habla de la monetización de la cultura, ¿se refiere exclusivamente a la retribución de los artistas o es un concepto más amplio?

Implica muchos aspectos, por supuesto. La cuestión de la retribución de los creadores y los artistas es una de las principales, pero el problema de la monetización de la cultura es mucho más amplio.

En Francia, por ejemplo, hay un intenso debate sobre la monetización del patrimonio cultural. Es una cuestión muy importante en la agenda del actual ministro de Cultura. El caso es que resulta muy caro conservar y abrir monumentos históricos al público. Aunque el Estado sea propietario o gestor del patrimonio, no puede asumir todo el coste que supone el mantenimiento, así que hay que pensar en alternativas.

La solución para conservar el patrimonio cultural consiste en combinar la financiación pública con la privada. Nosotros hemos decidido añadir nuevas maneras de financiar el patrimonio cultural: no solo alquilar espacios u ofrecer productos de marketing, sino también dedicar una parte de los ingresos de la Lotería Nacional al mantenimiento del patrimonio cultural.

«La clave para desarrollar el mercado de los productos digitales es encontrar el precio justo»

Los nativos digitales pueden pensar que la cultura es gratis, ya que tienen una gran oferta cultural disponible en internet desde que tienen uso de razón.

Esta es una cuestión fundamental que aún no hemos superado. Pero creo que el público está empezando a comprender que si consumen cultura de manera gratuita, alguien la está pagando por ellos: puede ser la publicidad; puede ser que la calidad de lo que consumen esté decreciendo; o puede ser que los artistas no estén convenientemente pagados por sus obras.

No obstante, empezamos a encontrar soluciones. Por ejemplo, el caso del streaming. Hace dos o tres años, la gente –especialmente los jóvenes– creía que podía escuchar música sin pagar nada. Pero ahora, el dinero que Spotify o Deezer piden por la suscripción a sus servicios se corresponde con lo que los usuarios están dispuestos a pagar.

Creo que el problema de la gratuidad de los contenidos culturales es que durante mucho tiempo la gente que estaba a cargo de la cultura fijó unos precios demasiado altos. Y el público no estaba dispuesto a pagarlos. Otro ejemplo: los libros electrónicos. Los editores fijaron unos precios demasiado altos porque no querían que el mercado de los libros electrónicos engullese el mercado editorial tradicional. Y el resultado fue, por un lado, la irrupción de la piratería, y, por otro, que el mercado de los libros electrónicos se estancó.

Así que la clave para desarrollar el mercado de los productos digitales es encontrar el precio justo.

«Antes de educar a los niños para que aprendan a navegar en internet, hay que educar a los padres y a los profesores»

Quizá los padres o los profesores deberían educar a los jóvenes para que entiendan que detrás de cada contenido cultural hay una gran cadena humana e industrial…

La educación de los niños es muy importante, obviamente. Pero creo que tenemos un problema también con los padres. Deberíamos educar primero a los padres. Y, por supuesto, también a los profesores.  

Es un problema muy complicado de resolver porque todo esto es relativamente nuevo. Es lógico pensar que los profesores tienen que educar a los alumnos en el uso de internet, pero ocurre que no siempre están bien informados de cómo se organiza el consumo en internet.Creo que, por un lado, debería haber un programa de investigación; pero también, por otro, un programa para todo el sector educativo que sirva para reflexionar sobre cómo deberíamos enseñar a los estudiantes a navegar por internet. En primer lugar, hay que formar a los profesores, y después, a los estudiantes.

Hay que preguntar a los estudiantes: cuando un profesor te pone deberes o te hace alguna pregunta, ¿vas directo a la Wikipedia? Y cuando obtienes la respuesta de la Wikipedia, ¿es suficiente con ella o deberías consultar otras fuentes?

Hay que tener en cuenta también la cuestión de los derechos de propiedad intelectual. Los chicos (y también sus padres) deberían saber que cuando copian algo de la Wikipedia no siempre se mencionan las fuentes o no siempre sabemos si dichas fuentes son fiables o no.

No es fácil entender esto ni aprender a gestionar la información que recibimos de tantas fuentes diferentes. Es la misma problemática que encontramos con las fake news (noticias falsas).

Es una cuestión ética, política y económica.


¿Qué cree que se puede hacer, desde iniciativas públicas o privadas, para que la cultura sea más accesible para los colectivos en riesgo de exclusión social, ya sea por razones geográficas, económicas o culturales?

Lo que pasa en Francia es muy interesante en este sentido. Hay un modelo de promoción de la cultura que estamos desarrollando en estos momentos, fruto de la colaboración entre el sector público y el privado. Un caso muy sintomático se da en el campo de los museos y las fundaciones privadas. Hemos de tener en consideración que las fundaciones privadas que trabajan en la promoción de la cultura, como "la Caixa” en España, no son muy habituales en Francia. Es un campo muy poco desarrollado.

Pero actualmente empezamos a hacer las cosas de una manera diferente. Hemos encontrado una nueva manera de colaborar entre el sector público y el privado. Un ejemplo paradigmático es la Fundación Louis Vuitton en París, pero también hay otros ejemplos fuera de la capital, como la Fundación Leclerc, en Landerneau (Bretaña), o la Fundación Carmignac, en la isla de Porquerolles, en el sur de Francia. Estas fundaciones abren sus exposiciones de obras de arte a un público de turistas que no tiene un nivel educativo especialmente alto. Creo que el sector público debería imitar estas prácticas, y de hecho seguramente ya ha aprendido cómo hacer ciertas cosas. Son prácticas que quizá nos abrirán la puerta de la diversidad.


Entrevista por Juan Manuel García Campos
 

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