Estratificación social y cuidado parental: un análisis del caso español

Pablo Gracia, Departamento de Sociología, Universidad de Ámsterdam

Investigar el cuidado parental en distintos entornos sociales es fundamental si queremos entender hasta qué punto existen desigualdades sociales en el desarrollo de nuestros menores. Este artículo analiza datos de la Encuesta de Empleo del Tiempo (2009-2010) en parejas españolas con hijos de hasta 15 años para estudiar cómo difiere el tiempo de cuidado parental entre familias de diferentes posiciones sociales. Los resultados principales muestran que el nivel educativo, sobre todo el de la madre, está fuertemente asociado con el cuidado parental, tanto en el caso de las madres como en el de los padres. Además, la educación de los padres está relacionada con el tiempo dedicado a diversas actividades de cuidado parental (por ejemplo, interactivas y de supervisión) y de ocio con los hijos (p. ej., actividades culturales) que inciden directamente en la acumulación de habilidades cognitivas, culturales y socioemocionales clave para el futuro éxito escolar y laboral de los menores.

1. Cuidado parental. ¿Por qué nos preocupa?

El cuidado parental es una actividad esencial para el desarrollo del menor. Durante los primeros años de vida es cuando nuestro cerebro tiene una mayor capacidad para desarrollar habilidades  socioemocionales y cognitivas importantísimas para todas las etapas vitales posteriores. El modo en que los progenitores cubren nuestras necesidades físicas, emocionales y cognitivas durante la niñez incide directamente sobre indicadores de bienestar tan determinantes como la educación, el empleo, la salud, las relaciones sociales o la estabilidad emocional (Waldfogel, 2006). 

¿Cómo difiere el cuidado parental entre grupos sociales? Saber la respuesta es esencial si queremos una sociedad igualitaria, pero también si buscamos una economía fuerte. Dicha investigación permite detectar posibles desigualdades tempranas que ponen en peligro la igualdad de condiciones en la educación y el mercado laboral (Cebolla-Boado et al., 2014). También nos permite saber si los menores reciben los mejores estímulos para afrontar los grandes retos de una economía globalizada en la que hace falta una fuerza laboral  que esté cada vez más preparada (Esping-Andersen, 2009). 

2. Estratificación y cuidado parental

Si bien el género es el principal factor explicativo del cuidado parental (las madres dedican más tiempo y esfuerzo que los padres), la posición social es también una variable clave (Bianchi et al., 2006). Sabemos que los progenitores de posiciones privilegiadas son especialmente activos en el cuidado parental, no sólo rutinario (p. ej., supervisión, cuidado físico), sino también interactivo (p. ej., socializar, leer un cuento, actividades culturales) (Bianchi et al., 2006; Bonke y Esping-Andersen, 2011; Gracia, 2014, 2015). El estudio etnográfico de Lareau (2003) en Estados Unidos sugiere que los progenitores de clases medias y altas se implican a fondo en prácticas con los menores que fomentan directamente sus habilidades sociales, culturales y cognitivas (p. ej., ir a bibliotecas o visitar museos).

Las diferencias educativas en múltiples actividades se constatan en el cuidado parental rutinario e interactivo, en el tiempo libre con los menores (las actividades culturales y comidas familiares, por ejemplo, cruciales para su desarrollo), en las actividades electrónicas en presencia de los menores, cruciales para la socialización digital del menor, y en el tiempo dedicado a ver televisión con ellos, una actividad que, en exceso, es negativa para su desarrollo (Bianchi et al., 2006; Putnam, 2015).

Entre 2002 y 2010 se mantuvo una clara diferencia de género en el cuidado parental, pero los hombres aumentaron notablemente su contribución.

Se ha debatido sobre si las diferencias sociales en el cuidado parental se deben a valores parentales o más bien a recursos de tiempo. Los padres de posiciones sociales privilegiadas han incorporado especialmente en su vida familiar los valores de cuidado parental intensivo,  que les llevarían a una involucración muy activa en estimular diariamente las habilidades de sus hijos, con el fin de reproducir su estatus social (Lareau, 2003). Ahora bien, el poder de los padres y madres privilegiados para gestionar el tiempo, controlando los horarios laborales y usando sus recursos económicos para reducir tiempo de tareas domésticas, podría llevar también a desigualdades sociales en el cuidado parental (Sayer et al., 2004). Analizar qué factores inciden sobre las desigualdades sociales en el tiempo con los hijos (por ejemplo, los ingresos o los horarios laborales) es una tarea importante que abordamos en este estudio. 

3. El uso del tiempo: no somos todos iguales

La Encuesta de Empleo del Tiempo (2009-2010) contiene un diario sobre las actividades realizadas en cada intervalo de 10 minutos en un día aleatorio, así como también información  individual y del hogar, por lo que ofrece las mejores herramientas estadísticas para examinar el tiempo de cuidado parental (Gershuny, 2000). Además, esta encuesta nos permite trazar una comparación entre el período pre-crisis (2002-2007) y el período post-crisis (2008-2010) en el contexto español. La muestra final de análisis incluye a 3.617 individuos y consiste en parejas heterosexuales (casadas o no) con ambos cónyuges entre 25 y 59 años de edad y al menos un hijo de 0 a 15 años.

Los análisis empíricos combinan dos tipos de métodos: los descriptivos, que permiten observar las diferencias generales de tiempo parental para diversos grupos de la población,  y los estadísticos inferenciales, con los cuales se analiza con mayor detalle la relación de ciertos factores con el cuidado parental. 

4. Medidas de desigualdad

El gráfico 1 muestra una fuerte desigualdad de género en el tiempo dedicado al cuidado parental en dos períodos de la década pasada, 2002-2003 y 2009-2010. En la línea de estudios previos (Baizán et al., 2014; Esping-Andersen et al., 2013), los padres españoles sólo realizaron una tercera parte del cuidado total. 

Ahora bien, el gráfico también señala una tendencia hacia mayor igualdad de género. Mientras las madres españolas apenas modificaron su participación en el cuidado parental durante el período, pasando de 11,8 a 12,1 horas semanales, los hombres pasaron de 5 horas semanales a 6,9, mostrando un aumento del 29% al 36% sobre el total de la pareja. Este cambio se puede deber a una adopción de roles de género más igualitarios en los hogares españoles, aunque otra explicación es que la recesión económica de 2008, con un efecto muy notorio sobre el desempleo masculino, incrementó el tiempo relativo disponible de muchos padres para destinarlo al cuidado parental.

El gráfico 2 muestra el tiempo que las madres y padres de diferentes niveles educativos dedican al cuidado parental rutinario e interactivo. Mientras existen claras diferencias de género en el cuidado rutinario, apenas las encontramos en el interactivo, que constituye cerca del 20% del cuidado parental de las mujeres y casi el 40% del de los hombres. Así pues, las mujeres españolas desempeñan el grueso de las tareas de cuidado parental que mayor esfuerzo y disponibilidad de tiempo requieren. 

El gráfico 2 también presenta claras disparidades según el nivel educativo. Las mujeres con estudios universitarios dedican más horas semanales al cuidado rutinario (10,8) que las mujeres con estudios primarios (6,7) y las primeras casi duplican el tiempo de las segundas en actividades de cuidado interactivo (3,4 frente a 1,8). En el caso de los hombres, observamos variaciones similares cuando comparamos los niveles universitarios y primarios, tanto en actividades rutinarias (5,5 y 2,9) como interactivas (3,2 y 1,8). 

El gráfico 3 muestra diferencias en las horas semanales con los menores dedicadas a actividades de tiempo libre según el nivel educativo. Para el tiempo en comidas, tanto en los padres como en las madres, existen diferencias claras entre quienes tienen educación primaria, con cerca de 4,5 horas semanales, y quienes tienen niveles educativos superiores, que dedican cerca de 6 horas semanales a estas actividades. 

Respecto a las actividades culturales con menores, las diferencias son muy visibles: los hombres con educación primaria dedican 0,18 horas, mientras que los hombres con estudios universitarios multiplican por nueve esta cifra (1,11 horas), con diferencias similares en las mujeres. Algo parecido ocurre sobre las actividades tecnológicas con menores: los hombres con estudios primarios dedican 0,26 horas semanales, muy por debajo de las 0,65 de los universitarios, con variaciones equiparables entre las mujeres. 

Por contra, el nivel educativo se relaciona negativamente con el tiempo en actividades televisivas con los menores. Las universitarias dedican 2,2 horas semanales a ver la televisión con sus hijos, mientras que aquellas con educación primaria y secundaria dedican de media 3,4 horas semanales a dichas actividades, dándose diferencias similares entre los hombres.

El gráfico 4 relaciona las horas semanales de cuidado parental con diferentes variables socioeconómicas. Tanto las madres como los padres con ingresos intermedios son los más activos, si bien las diferencias por ingresos son moderadas. Por otra parte, a más horas dedicadas al empleo, menos tiempo dedican madres y padres al cuidado parental. Además, trabajar con horarios irregulares reduce drásticamente el tiempo de cuidado materno y paterno. Igualmente, si la pareja está empleada, en ambos casos la relación con el cuidado es moderadamente positiva. Por contra, la relación es inversa entre las madres cuando aumenta el nivel educativo de la pareja, mientras que éste se asocia positivamente con el cuidado paterno. 

El Gráfico 5 pretende explicar las diferencias educativas en las horas dedicadas al cuidado parental a partir de tres modelos empíricos que nos pueden ayudar a entender mejor los factores que podrían estar relacionados con una mayor o menor desigualdad educativa en el cuidado parental. El primer modelo considera, aparte de la educación, variables demográficas (edad, número de hijos y presencia de hijo menor de 5 años). El segundo modelo incluye también factores socioeconómicos individuales (ingresos, horarios laborales y  duración de la jornada laboral). Finalmente, el tercer modelo incluye las características del cónyuge (educación, ingresos, horarios laborales y horas trabajadas del cónyuge). 

Los resultados muestran diferencias educativas interesantes. Para las madres, aquellas con niveles educativos elevados mantienen una alta inversión en el cuidado parental, aún cuando tenemos en cuenta sus condiciones socioeconómicas. Ahora bien, al incluir factores socioeconómicos de las madres en los análisis, la brecha educativa se reduce substancialmente, especialmente cuando comparamos a las madres con niveles educativos básicos con las madres que tienen educación universitaria. Para los padres, la relación positiva entre educación y cuidado parental se mantiene, pero se reduce bastante al considerar diferencias socioeconómicas individuales, y  en particular las características de la pareja. Así pues, una parte importante del por qué los padres con niveles educativos superiores se implican especialmente en el cuidado parental se debería a que suelen tener cónyuges con niveles educativos y económicos superiores (Bianchi et al., 2006).        

5. Género y nivel educativo: factores clave

A partir del análisis estadístico, este artículo muestra que las mujeres españolas se implican mucho más que los hombres en el cuidado parental. La disparidad de género es muy marcada en actividades rutinarias, aquellas que consumen mayor tiempo y energía, repercutiendo sobre las desigualdades de género en empleo y salud (Bianchi et al., 2006). La comparación entre 2002-2003 y 2009-2010, sin embargo, muestra una tendencia hacia una mayor igualdad, explicada por un aumento notable en el tiempo de cuidado paterno, dato positivo no solo en términos de igualdad de género, sino también por el papel clave del padre sobre el desarrollo de los menores (Marí-Klose et al., 2010). 

También se observa una clara asociación entre educación y tiempo con los hijos. Los españoles con niveles educativos altos se implican a fondo en el cuidado parental, incluyendo actividades rutinarias (esenciales para el bienestar físico y socioemocional) e interactivas (cruciales para la formación sociocultural y habilidades cognitivas) (Waldfogel, 2006). Los padres y madres con niveles de educación altos son los más activos en el tiempo con los menores en comidas (importantes para el desarrollo socioemocional), pero especialmente en actividades culturales (críticas para los resultados educativos) (Putnam, 2015). En familias con niveles educativos bajos, por contra, se dedica más tiempo a ver televisión con los hijos, una práctica que, en exceso, se asocia con menos tiempo en actividades intelectuales, sociales y deportivas, así como el fracaso escolar o la obesidad (Gracia, 2015).

El nivel educativo, especialmente el de la madre, se asocia directamente al tiempo que madres y padres dedican a actividades con los hijos cruciales para su desarrollo.

El nivel educativo, especialmente entre los padres, se vincula estrechamente al tiempo dedicado a actividades tecnológicas con los hijos, una práctica relevante para la socialización digital y cada vez más necesaria para obtener éxito escolar y laboral en la economía del conocimiento. Esta evidencia empírica complementa estudios previos sobre el tiempo de los menores en actividades relacionadas con su bienestar (Marí-Klose et al., 2010).

Los datos muestran asimismo que el tiempo parental se ve afectado por el nivel educativo de la pareja entre los padres, pero no así entre las madres. Las mujeres con niveles altos de capital humano, regidas por valores de cuidado parental intensivo, usarían su estatus y oportunidades laborales para asegurar que su pareja masculina se implica activamente en el cuidado de los hijos (Lareau, 2003).

Sobre los factores que acompañan a las desigualdades de nivel educativo, se observan diferencias socioeconómicas notables. Los progenitores con niveles educativos bajos, caracterizados por tener ingresos escasos y jornadas laborales inflexibles, se ven en parte afectados por carecer de recursos de tiempo para organizar el tiempo con sus hijos. De hecho, una jornada laboral larga tiene impactos muy negativos sobre el tiempo de cuidado parental, igual que trabajar en horarios y jornadas irregulares, si bien los ingresos parentales tienen un impacto más moderado en el cuidado parental. En parte, la desigualdad en el cuidado parental se puede deber a los factores socioeconómicos mencionados. Sin embargo, otra parte importante de esta desigualdad educativa en el cuidado parental no se puede explicar por factores socioeconómicos, lo que nos lleva a pensar que estas diferencias vienen en parte explicadas por variaciones en valores familiares y estrategias parentales entre las distintas clases sociales (Lareau, 2003).

6. Propuestas para el futuro

Los resultados principales del estudio en materia de desigualdad social se pueden vincular a varios tipos de políticas públicas destinadas a igualar las condiciones de cuidado de los menores y reducir los riesgos de reproducción de la desigualdad. Un primer tipo tendría como objetivo igualar las condiciones de recursos de tiempo, muy vinculadas a desigualdades laborales y de ingresos. En particular, este estudio sugiere que una mejora en los horarios y jornadas laborales de los padres con menor cualificación podría mejorar las oportunidades de las familias desfavorecidas para dedicar tiempo al cuidado parental. 

En la línea de estudios cualitativos previos (Lareau, 2003), este estudio sugiere que hay disparidades sociales derivadas de preferencias sobre el cuidado parental y formas de organización de la vida familiar que producen desigualdades en el cuidado parental y en los estímulos familiares de los menores. Implementar programas educativos que informen a los padres y madres desfavorecidos sobre recursos parentales disponibles podría ofrecerles nuevas herramientas para maximizar la organización del tiempo con sus hijos. Claro está, las instituciones públicas de cualquier país democrático no debieran «imponer» estándares de comportamiento parental. Ahora bien, desde los gobiernos sí se debe asegurar que todas las familias, independientemente de sus recursos materiales y educativos, tienen acceso a la mejor información sobre cuáles son las prácticas parentales más adecuadas para fomentar el bienestar de los  hijos, al margen de sus limitaciones socioeconómicas.

Las desigualdades educativas en el cuidado parental se explican, al menos en parte, por desigualdades en los horarios laborales y en los ingresos.

Un último aspecto clave de política pública consiste en diversificar el cuidado de los menores mejorando el acceso a centros de educación infantil. Las desigualdades familiares en el uso del tiempo y cuidado parental sugieren que los niños de diferentes entornos sociales llegan a la escuela en situaciones muy dispares. Pero aun reduciéndose estas fuertes desigualdades, los menores de orígenes sociales privilegiados seguirían partiendo con ventaja, sea porque sus padres tienen más dinero para invertir en ellos, o porque tienen mayores recursos educativos para estimularles cognitivamente.

Los centros de educación infantil funcionan como un buen complemento del cuidado parental y pueden beneficiar especialmente el rendimiento escolar de los menores de orígenes sociales humildes (Cebolla-Boado et al., 2014; Esping-Andersen, 2009). Invertir en centros de educación infantil de 0-2 años, cuando muchas de las desigualdades sociales entre los menores emergen con mayor fuerza, sirve para igualar las condiciones entre grupos socioeconómicos, así como para fomentar habilidades futuras asociadas con la productividad laboral. Si bien fomentar el acceso a centros preescolares de calidad supone un gasto público y privado inicial importante, esta inversión tendría grandes beneficios futuros, no sólo en términos de igualdad de oportunidades, sino también de eficiencia económica. 

 

Pablo Gracia, Departmento de Sociología

Amsterdam Centre for Inequality Studies

Universidad de Ámsterdam

7. Referencias

Baizán, P., M. Domínguez y M.J. González (2014): «Couple bargaining or socio-economic status? Why some parents spend more time with their children than others», European Societies, 16(1).Bianchi, S., J.P. Robinson y M.A. Milkie (2006): Changing rhythms of American family life, Nueva York: Russell Sage Foundation.

Bonke, J., y G. Esping-Andersen (2011): «Family investments in children: productivities, preferences, and parental child care», European Sociological Review, 27(1).

Cebolla-Boado, H., J. Radl y L. Salazar (2014): Aprendizaje y ciclo vital: la desigualdad de oportunidades desde la educación preescolar hasta la edad adulta, Barcelona: Obra Social ”la Caixa”.     

Esping-Andersen, G. (2009): The incomplete revolution. Adapting to women’s new roles. Cambridge: Polity Press.

—, D. Boertien, J. Bonke y P. Gracia (2013): «Couple specialization in multiple equilibria», European Sociological Review, 29(6).

Gershuny, J. (2000): Changing times: work and leisure in postindustrial society, Oxford: Oxford University Press.

Gracia, P. (2015): «Parent-child leisure activities and cultural capital in the United Kingdom: the gendered effects of education and social class», Social Science Research, 52(4).

— (2014): «Fathers’ child care involvement and children’s age in Spain: a time use study on differences by education and mothers’ employment», European Sociological Review, 30(2).

Heckman, J. (2006): «Skill formation and the economics of investing in disadvantaged children», Science, 312(5782).

Lareau, A. (2003): Unequal chances: class, race and family life, Berkeley: University of California Press.

Marí-Klose, P., M. Marí-Klose, E. Vaquera y S.A. Cunningham (2010): Infancia y futuro: nuevas realidades, nuevos retos, Barcelona: Obra Social ”la Caixa”.   

Putnam, R.D. (2015): Our kids: the American dream in crisis, Nueva York: Simon and Schuster.

Sayer, L.C., A.H. Gauthier y F.F.J. Furstenberg  (2004): «Educational differences in parents’ time with children: cross-national variations», Journal of Marriage and Family, 66(5).

Waldfogel, J. (2006): What children need, Cambridge: Harvard University Press. 

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Pablo Gracia, Departamento de Sociología, Universidad de Ámsterdam

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