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Reseña La clase social sale de dentro

¿La clase social es congénita?

Koen van Eijck, Erasmus University Rotterdam

Mike SAVAGE. Social Class in the 21st Century. Londres: Penguin, 2015

El proyecto de investigación del que surgió el libro Social Class in the 21st Century [Clases sociales en el siglo XXI] fue fruto de una excepcional colaboración entre la BBC y un grupo de sociólogos británicos dirigidos por Mike Savage. La BBC colaboró en la recopilación de datos mediante una encuesta por internet en la que participaron unas 160.000 personas. En 2013, la BBC presentó los resultados del estudio, titulado «Gran encuesta británica sobre la clase social» (GBCS: Great British Class Survey), de varias formas distintas; entre ellas, una «calculadora» virtual que permitía a los ciudadanos británicos averiguar, completando una serie de preguntas, a cuál de las «nuevas» clases sociales pertenecían. En pocas semanas, siete millones de personas habían realizado el test. Dejando al margen cuestiones relacionadas con el sesgo de muestreo de la GBCS (corregidas en un segundo estudio más reducido, que incluye entrevistas en profundidad), la clase social acaparó de nuevo la atención del Reino Unido.

¿Cuál es el objetivo de elaborar una nueva tipología de clases? ¿Por qué no basta con la actual clasificación socioeconómica del Office for National Statistics o el esquema de clases conocido como «EGP», ambos basados en el trabajo de John Goldthorpe, sociólogo de la Universidad de Oxford? Este es el tema de un debate que persiste en la sociología británica y que intenta aclarar desde varias perspectivas hasta qué punto la cultura debería incorporarse en el concepto de clase social como tal.

Savage y sus colaboradores observan lo que denominan un nuevo esnobismo basado en el gusto y la información, y argumentan que los casos que Pierre Bourdieu consideró como «capital cultural» no se consideran adecuadamente cuando las clases sociales se conceptualizan como «conjuntos de ocupaciones». Los autores quieren que la clase social sea algo más que una indicación de la diferenciación económica, al tiempo que reconocen que no todas las desigualdades económicas están relacionadas con las clases sociales. Sostienen que estas «están asociadas fundamentalmente con el bagaje histórico acumulado y el acopio de ventajas a lo largo del tiempo», lo cual ilustran magníficamente con el ejemplo de una persona que gana la lotería y se hace rica de la noche a la mañana, aunque no por ello pasa a pertenecer de inmediato a una clase social distinta.

La imposibilidad de cambiar de clase social de la noche a la mañana obedece al hecho de que esta no solo se refiere a la desigualdad económica, sino también a la cultura y a las relaciones sociales. Las posiciones de clase reflejan unos procesos mediante los cuales los recursos se acumulan de forma desigual en un ‘bagaje histórico’ que afecta en gran medida a las oportunidades de que disfrutan las personas a lo largo de su vida. El capital cultural se transmite de generación en generación y otorga un poder simbólico a quienes lo poseen. Puede convertirse en capital económico o social, y este proceso no se detiene en los tiempos posmodernos, donde las jerarquías culturales cada vez son más cuestionadas. 

Aunque los críticos se preguntan si este concepto de clase más amplio, que incluye el capital cultural y el social, no mezcla el concepto al combinar distintas causas y consecuencias de la desigualdad, el alcance proporcionado por este enfoque convierte el libro en un fascinante recorrido por un amplio abanico de cuestiones relacionadas con la clase, como las relaciones sociales, la movilidad social, la riqueza frente a los ingresos, el dinero ‘heredado’ y el ‘conseguido’, la identidad, el lugar de residencia, el papel de las universidades en la formación de la élite, etc.

Al resaltar la importancia del capital cultural para comprender la desigualdad entre las clases sociales, es evidente que los autores deben prestar atención al gusto. Los gustos culturales difieren en su legitimidad percibida, y el gusto legítimo proporciona un capital cultural que seguramente generará más recursos y ventajas sociales. No obstante, esta cuestión entraña cierta complejidad, puesto que algunas antiguas distinciones («alta cultura» frente a «cultura popular», por ejemplo) cada vez son menos significativas, mientras que otras adquieren más relevancia. La gente, sin embargo, todavía habla del buen gusto, y una de las principales diferencias puede ser que las personas con un mayor capital cultural y económico hablan de él con más confianza y comodidad, puesto que consideran que su gusto es legítimo.

La alta cultura, sin embargo, sigue distinguiendo entre varios tipos de personas, pero parece que este concepto no tan solo guarda relación con la clase social, sinó también con una cierta edad. La gente joven de clase media-alta probablemente participa en lo que los autores denominan capital cultural «emergente», que hace hincapié en la flexibilidad y en un compromiso con estar a la última y con las formas actuales de la cultura, como la gastronomía exótica, la música indie o el arte contemporáneo. Sin embargo, incluso en este caso, las preferencias en la cultura popular se justifican ampliamente dejando claro por qué determinadas películas o músicos son mucho más interesantes que la mayoría de los (otros) productos culturales populares, permitiendo a la gente demostrar que son capaces de distinguir la calidad, incluso en campos culturales insólitos. Lo que les permite mantener la distinción es, ante todo, un estilo de apreciación objetivo, informado, en ocasiones irónico, más que el objeto de apreciación en sí mismo. Quizá es por esta razón que en la actualidad las diferencias de clase en los estilos de vida culturales dan la impresión de ser menos visibles: han cambiado de forma y tal vez inciden más en cómo uno aprecia la cultura y menos en aquello que uno aprecia; de ahí que pueda existir esnobismo en la ironía, provocando que las distinciones cada vez sean más sutiles, pero no menos influyentes.

Tras comentar los capitales económico, cultural y social en capítulos independientes, se presenta el nuevo «paisaje» de clases, basado en la interacción entre estos tres tipos de capitales. Una vez más se argumenta, según lo observado por Bourdieu, que los capitales económico, social y cultural están interrelacionados mediante procesos de refuerzo mutuo, aunque estos no sean perfectos. Los futbolistas famosos son ricos en capital económico y los intelectuales, en capital cultural, pero no al contrario. Teniendo en cuenta estas diferenciaciones en la composición del capital total, es obvio que una estructura de clases unidimensional (por ejemplo, alta, media, obrera) no basta.

Combinando la información sobre ingresos, ahorros y el valor de la vivienda, el capital cultural intelectual y el emergente, y el número y el estatus de los vínculos sociales de la gente, se distinguen siete clases que no pueden ordenarse totalmente de forma jerárquica. A saber: 1] la élite; 2] la clase media establecida; 3] la clase media técnica; 4] los nuevos trabajadores pudientes; 5] la clase trabajadora tradicional; 6] los trabajadores de servicios emergentes; y 7] el precariado. Mientras que la élite y el precariado (proletariado precario) destacan en todos los indicadores, los otros cinco presentan perfiles más mezclados.

Los nuevos trabajadores pudientes y la clase media técnica disfrutan de altos niveles de capital económico en relación con su capital cultural (trabajadores pudientes) o social (la clase media técnica). Los trabajadores de servicios emergentes, por el contrario, tienen un amplio capital cultural y social, pero un reducido capital económico. Con respecto a la clase media establecida y la clase obrera tradicional, los perfiles están más equilibrados.

Por lo tanto, las clases difieren en sentidos interesantes de las tradicionales clase media y clase obrera, lo que también sugiere un cambio en las relaciones de clase, dado que la élite y la clase trabajadora tradicional tienen la edad media más alta, mientras que los nuevos trabajadores acomodados y los trabajadores de servicios emergentes son relativamente jóvenes y mantienen relaciones con la cultura que difieren de las de sus «predecesores». Ello afectará a los conceptos de identidad de clase y antagonismo de modos aún poco claros.

La última sección de la obra se centra en las dos clases sociales extremas. Los individuos pertenecientes a la élite contemporánea difieren de los de la vieja aristocracia: se centran en los logros y no conforman una unidad cerrada ni son internamente homogéneos, pese a que las posibilidades de pertenecer a esta clase aún dependen, en parte, del origen (clase) familiar. El precariado es consciente del discurso negativo de que es objeto por parte de los que están «por encima», luchando con las «ambivalencias y complejidades de las identidades de clase de hoy». Quizá, tal y como señala el libro, «es más importante la clase a la que no se pertenece que aquella a la que uno cree pertenecer». La clase social y el esnobismo no son fenómenos del pasado; solo se han ocultado bajo tierra para ejercer su influencia de formas cada vez más sutiles.

 

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