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Desigualdad los costes para las familias

Desigualdad: los costes para las familias

Frances Goldscheider, catedrática emérita de Sociología de la Universidad de Brown (Rhode Island)

La desigualdad socioeconómica se ha disparado en todo el mundo, sobre todo en los países industrializados. Se ha expresado mucha preocupación por consecuencias de esta tendencia como el aumento de la pobreza y los riesgos para la estabilidad política, pero los libros de los que hablamos aquí nos enseñan que los costes para las familias también son importantes. La inestabilidad ocasionada por la desigualdad socioeconómica socava las uniones de pareja, particularmente en una era de cambios de roles de género, y el bienestar de los niños se pone en riesgo. Aunque los dos libros no podrían ser más diferentes, comparten este tema y aportan una gran cantidad de pruebas que apoyan esta idea, muchas de ellas muy dolorosas. Sufrimos con estas familias que sufren.

El libro de Philip Cohen, Enduring Bonds [Lazos duraderos: desigualdad, matrimonio, crianza de los hijos y todo lo que hace a las familias grandes y terribles], es esencialmente una compilación de los ensayos que ha escrito durante la última década para su blog. Como tal, el material es algo disperso, aborda los problemas del día a día y se basa principalmente en el análisis de los datos del censo y de encuestas.

El libro de Edin y Nelson, Doing the Best I Can [Lo hago tan bien como puedo: la paternidad en la ciudad pobre], da pasos importantes corroborando el argumento de Cohen. Si bien sus métodos no podrían ser más diferentes (Edin y Nelson hacen entrevistas en profundidad a padres pobres, conseguidas por los autores llevando a su familia a vivir en los barrios pobres que estudian), la descripción que hacen del debilitamiento que producen las fuerzas  económicas desatadas por la desigualdad en las relaciones basadas en un compromiso deja claro que decirles a las personas que se casen (aunque hicieran caso) no es suficiente para estabilizar las vidas de las familias que han estudiado. Sin embargo, las dos obras aportan información importante sobre el desafío general de estabilizar los ingresos (reduciendo así, por cierto, el conflicto endémico entre trabajo y familia).

Es un placer leer y estudiar ambos libros. Cohen aborda la gama más amplia de temas. Su uso de las pruebas es a menudo apasionante. Los historiadores de la familia y los científicos sociales han observado la reciente transformación de la paternidad, ya que los niños son cada vez menos valorados por su capacidad de ser pequeños trabajadores útiles y más por su singularidad (véase el estudio de Viviana Zelizer Pricing the priceless child [Calcular el valor incalculable de los hijos]). Para indicar el continuo poder del sexismo, documenta las proporciones de mujeres en las firmas del New York Times, lo que demuestra que a los hombres les resulta más fácil publicar, mientras que las mujeres continúan relegadas a artículos sobre estilo y familias.

Ambos libros abordan con solidez el problema del racismo en los Estados Unidos (también presente en los países europeos). La muestra de padres pobres de Edin y Nelson está aproximadamente equilibrada entre hombres blancos y negros, que a menudo viven en vecindarios cercanos (a pesar del hecho de que los vecindarios en sí suelen ser racialmente bastante segregados). Es evidente que la raza crea diferencias: los padres blancos jóvenes y pobres suelen tener acceso a una red más fuerte de parientes con un empleo estable, que pueden ofrecer más oportunidades de trabajo, vivienda y cuestiones similares que los padres negros en situaciones parecidas, con parientes a menudo aún más empobrecidos, encarcelados o más adictos que ellos (si es que no han sido asesinados).

Como consecuencia previsible, los padres blancos se aferran más a una visión tradicional de la paternidad (fundada en los ingresos masculinos) y a relaciones más distantes entre padres e hijos. Por el contrario, los jóvenes padres negros del estudio han creado colectivamente una nueva visión de la paternidad, dados sus repetidos fracasos en ser «buenos proveedores», que esencialmente implica mantener estrechos vínculos sociales y emocionales con sus hijos, lo que los tradicionalistas incluso podrían llamar un vínculo «madre-hijo». Esto se evidencia en su gran alegría ante una inminente paternidad y en su esfuerzo mucho más intenso que el de los padres de raza blanca para mantener los derechos de visita, cuando las madres de los niños los han abandonado como parejas útiles.

La inestabilidad ocasionada por la desigualdad socioeconómica socava las uniones de pareja.

La raza es también un tema importante para Cohen. Se deleita en mostrar el miedo de los blancos a los negros, que tiene el desafortunado resultado de que la policía en los Estados Unidos mata con demasiada frecuencia a hombres negros. Como tema más central, Cohen revisa las preocupaciones sobre la familia negra, que ha ido por delante de los blancos en cuanto al aumento de nacimientos fuera de las uniones matrimoniales y ha creado el problema de la paternidad al que se enfrentan los padres negros pobres de Edin y Nelson.

Si bien ninguno de los libros pretende ser un estudio sobre políticas aplicadas, hay dos cuestiones fundamentales que contribuyen al dolor de estas familias, padres, madres y niños: los cambios de rol de hombres y mujeres en el trabajo, y la inestabilidad que el capitalismo desenfrenado tiende a producir.

El desafío del género llegó con los cambios en los roles productivos que surgieron con la revolución industrial y los cambios demográficos producidos por ella. No hace mucho tiempo, hombres y mujeres compartían una esfera común de producción doméstica, la esencia de la agricultura de subsistencia. La aparición de nuevos empleos industriales y comerciales impulsó cada vez más a los hombres a abandonar el hogar para asumir tales trabajos. Pero, con muchos menos niños y vidas más largas, las mujeres en casa se convirtieron en subempleadas, de modo que cuando surgieron empleos que requerían mano de obra femenina (porque requerían menos fuerza y horarios más cortos), las mujeres se unieron a los hombres en su «esfera pública», consiguiendo empleo remunerado por las mismas razones que tenían los hombres, para mantener mejor a sus familias.

Las familias necesitan estabilidad, no solo de ganancias sino también de tiempo.

Este cambio tensó a las familias, ya que a las mujeres se les añadieron obligaciones de apoyo que las condujeron a la «doble jornada laboral». Esto llevó a algunos países (sobre todo en Escandinavia) a desarrollar políticas familiares que redujeran el conflicto trabajo-familia de las mujeres. Dichos países promulgaron y ampliaron gradualmente programas de permisos familiares, y de manera aún más fundamental, de cuidado infantil subvencionado y de alta calidad.

Pero incluso los países escandinavos han descubierto que esto no es suficiente. La carga adicional del «segundo turno» perjudica a las mujeres en el trabajo, ya que los empresarios y supervisores asumen (a menudo correctamente) que las empleadas pondrán las necesidades de su familia por encima de las del puesto de trabajo. Necesitan salir para recoger a los niños de las guarderías o preparar la cena para sus familias, mientras que los hombres están más libres para trabajar más horas, viajan más por trabajo y, en general, sienten que su principal obligación para con sus familias sigue siendo simplemente mantenerlas. De ahí la aparición de políticas que proporcionan «días de papá» de permiso familiar.

Además, los grandes sectores públicos de los países escandinavos permiten e incluso animan a los trabajadores a tomar vacaciones familiares (especialmente a los hombres, que cada vez tienen más acceso a subvenciones salariales que perderían si no lo hicieran). Sin embargo, sus sólidos sectores privados son menos partidarios y prefieren a los trabajadores que están dispuestos a cambiar sus horarios laborales con poca antelación. Pero lo que las familias necesitan es estabilidad, no solo de ganancias sino también de tiempo.

Aquí es donde el capitalismo desenfrenado se vuelve muy problemático, como lo atestiguan ambos libros en el caso de los Estados Unidos. Este país no proporciona cuidado infantil subvencionado por el Estado, por lo que las familias con bajos ingresos deben hacer constantes malabarismos para cubrir las necesidades de sus hijos. Demasiados niños terminan en riesgo, solos en casa o incluso sin supervisión en automóviles o parques. Es raro que se avise con suficiente tiempo antes de cambiar el horario laboral, pero es tan importante como proporcionar ingresos estables. Los países que deseen obtener los beneficios del mercado libre necesitan domesticarlo, al menos hasta que el nivel de los costes para las familias (como los costes para el medio ambiente) se valore como parte del coste de hacer negocios o de que se ponga en marcha alguna combinación de apoyo del Estado y de normas de protección.

 

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Frances Goldscheider, catedrática emérita de Sociología de la Universidad de Brown (Rhode Island)

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